Sólo un arte honesto que sea capaz de traspasar las limitaciones impuestas por el medio será el que perdure eternamente.

Fotograma: Donatas Banionis y Natalia Bondarchuk en Solaris de Andrei Tarkovski 1972
Zebda-Arabadub (L'arene des rumeurs 1992)



The Smiths-What she said (Meat is murder, 1985)



Donovan- Atlantis (Barabajagal 1969)


martes, 28 de octubre de 2008

Ayer y Hoy. Pío Baroja. (Extractos partes I-VII)

PÍO BAROJA
AYER Y HOY
MEMORIAS


(Los partes digitalizadas son de la primera a la séptima, incluidos la advertencia y
el prólogo)


ADVERTENCIA

Un poco a destiempo se publica esta serie de artículos y de pequeños ensayos que
ha estado arrinconada durante un año en una casa editorial. Todos ellos versan
alrededor de la guerra actual y de la política y de la vida española. Quizás hubiera
sido prudente cambiarlos algo, pero creo que es mejor dejarlos tal como se
publicaron. No sé si vale la pena sacarlos a luz o no. Si no vale la pena y no he
acertado a decir aquí nada exacto ni interesante, todo ello se olvidará en seguida y
no dejará el menor rastro en nuestra escasa producción literaria; pero con que
haya algo que sea auténtico o que sugiera una idea clara, se hallará justificada la
publicación de estas páginas.
París, septiembre, 1938


PROLOGO
En esta primavera pasada, comíamos varios españoles en un restaurante barato de
las afueras de París. Un día, al levantarse y despedirse un señor de aire hidalguesco
y al mismo tiempo resignado, le preguntamos a un comensal que le saludaba:
— ¿Quién es éste?
—Es un señor de Madrid que era rico y que ha quedado en la miseria. Muchas
veces, hasta cuando ríe, se le saltan las lágrimas y le mojan las mejillas. Entonces él
dice: Éste es un vicio que he adquirido allí.
—Pues, ¿qué le ha pasado?
—Horrores. Ha estado a punto de ser fusilado cuatro o cinco veces. Ha perdido la
familia...
—¿Y a eso de que se le salten las lágrimas le llama vicio?
— Sí.
— ¡Qué estoicismo!
Los ojos de los viejos, o están siempre húmedos y lloran por cualquier cosa, o están
siempre secos y no lloran por nada. Muchos no tenemos ese vicio, como le llama el
pobre compatriota; pero, si alguien tiene motivo de tenerlo, somos los españoles. Y
más los viejos. El porvenir se nos presenta
muy negro. Quizás los jóvenes encuentren todavía un remanso tranquilo en su
vida. Para nosotros, ya se acabó. Juventud mala y vejez peor.
Una señora francesa amiga suele decir frecuentemente, con convencimiento:
— ¡Qué hermosa es la vida!
Yo no contesto nada, pero no veo la hermosura por ninguna parte. Esto es un mal
melodrama que cada día se hace peor. Aquí en Suiza mismo, donde la gente ha
vivido en otro tiempo de una manera casi patriarcal, se encuentra ya intranquila y
asustada. Ahora se habla de la necesidad de defenderse de los aeroplanos y de
proveerse de caretas para gases asfixiantes. Entre las personas cultas se comentan
las ideas de Ludendorf sobre la guerra total. Ya no se respetará a la población civil,
ni a las mujeres, ni a los niños. Se perseguirá, se envenenará. El campo de
concentración será sólo para los privilegiados.
Lo que no se comprende es que todavía se hable de la influencia benéfica del
cristianismo por un lado, y de la democracia y del progreso, por otro. No sólo no se
ha progresado, sino que se ha retrocedido. A mí, ciertamente, no me choca que
haya gente en nuestro tiempo que, aun cuando ría, tenga, como el viejo español
hidalguesco, el vicio de que se le salten las lágrimas.
Alguno me dice:
— Usted ha cambiado.
— No, yo no he cambiado nada.
Si he evolucionado o he decaído, ha sido por los años. Nadie puede hacer nada
contra el tiempo. Yo he sido siempre individualista y liberal. No he tenido nunca
simpatía por la democracia y menos por el socialismo o el comunismo. En 1901
escribía en el "El Globo" un artículo contra los procedimientos de la democracia y
sobre el predominio socialista. Meses antes de la caída de la Monarquía, yo era de
los pocos escritores liberales, quizás el único, que no creía que la República fuera la
salvación de España, más bien, creía lo contrario.
— Una señora de la aristocracia, vecina de mi calle en Madrid, cuya casa visitaba,
me preguntaba meses antes de la instauración de la República, con cierta angustia:
— Pero, usted cree que viene la revolución?
— Sí, creo que sí.
— ¿Y piensa usted que, si viene la República, arreglará España?
— No, no, eso no. No lo pienso, la verdad.
— Pues, los intelectuales amigos de usted afirman que una República conservadora
va a ser la salvación de España.
—Yo no lo sé. Quizás ellos vean esto mejor que yo. Yo no veo posible una República
conservadora. En cambio, si hay revolución, veo una época de violencia y de sangre
y que España va a arder de un extremo a otro.
— Y, entonces, ¿por qué no oponerse?
— ¿Quiénes se van a oponer?.
— Los escritores...
— ¿Nosotros? Vamos. Es absurdo. Primero, que la mayoría no está en eso... y
aunque estuviera. Si los aristócratas, los ricos, los políticos, los militares, el clero,
no han podido evitarlo, ¿lo van a evitar los escritores, que somos unos pobres
diablos a quienes nadie hace caso?
— ¿Quién lo podía evitar?
— Un hombre, un hombre fuerte, si lo hubiera; pero no lo hay.



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-Ayer y Hoy. Pío Baroja (Extractos partes I-VII)

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